Veterinaria en femenino

La feminización de nuestro sector, la dificultad para poner límites y la falta de evolución en las estructuras de liderazgo están impactando en la sostenibilidad de los equipos. La solución no puede centrarse únicamente en la vocación, sino que debe partir de la base del rediseño de la gestión clínica para integrar la salud mental y la conciliación como pilares de la calidad asistencial.
Bloques de madera con iconos relacionados a la salud

Cada día, en el camino de casa al colegio, de un extremo al otro de un pueblo del rural ourensano, interaccionaba con todos los perros. Conocía sus nombres. Asomaban sus hocicos por las verjas para recibir una ansiada y escasa caricia mientras sus “dueños” me advertían de que un día me iba a llevar un buen mordisco.

Pero mi vocación no vino de esa etapa. Fue anterior.

En una Galicia todavía más profunda, la primera vez que vi a aquel señor, con el brazo enfundado en un guante gigantesco, haciendo magia para traer al mundo el ternero de la vaca de mi abuelo. Se quedó grabado. Todavía tengo imágenes en el subconsciente. Supe que algún día sería como él.

Catorce años después tocó poner el tema sobre la mesa del comedor. Nadie entendía por qué a la niña no se le había pasado la tontería de querer estudiar “una carrera que era cosa de hombres”.

Hoy, esa frase ha dejado de tener sentido.

Feminización y bienestar profesional

La medicina veterinaria, especialmente en el ámbito de pequeños animales, ya no es una profesión masculina. Es, de hecho, mayoritariamente femenina. Las aulas están llenas de mujeres. Las consultas, las guardias, los quirófanos, las salas de hospitalización están llenas de mujeres.

El cambio ha sido rápido y silencioso, casi sin darnos cuenta. Y mientras ese cambio se consolidaba, otra conversación empezaba a ganar espacio: la del bienestar profesional. Cada vez más veterinarios, y especialmente veterinarias, hablan de estrés, de desgaste emocional, de burnout. Profesionales que han perdido la ilusión por su profesión y otros que quieren seguir, pero no así. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿esta situación tiene algo que ver con que la veterinaria ya no es cosa de hombres?

Ser veterinario nunca fue fácil. Es una profesión que siempre ha exigido mucho porque trabajamos con sufrimiento, incertidumbre, decisiones irreversibles y casi siempre contrarreloj. Acompañamos a animales y a personas en momentos de vulnerabilidad, gestionamos expectativas, límites económicos y emociones intensas… Muchas veces en el mismo acto clínico. Sin segundas oportunidades.

Estos estresores son intrínsecos a la profesión, ya existían antes de la feminización. Ni son nuevos ni dependen de quién ejerza. Por eso, sería simplista pensar que el malestar actual aparece porque ahora somos más mujeres. Pero también sería simplista ignorar que el cambio en quién ejerce puede estar influyendo en cómo se vive la profesión.

Hay algo sociológicamente interesante: cuando una profesión se feminiza, suelen producirse cambios en su percepción social, en su reconocimiento económico y en su estructura de poder. Y no es un cambio lineal ni automático, aunque sí lo suficientemente frecuente como para tenerlo en cuenta.

En veterinaria vemos algunas señales: proporcionalmente vemos menos mujeres en puestos de liderazgo, salarios que muy pocas veces reflejan la responsabilidad asumida y, mientras sigamos poniendo por delante la vocación a nuestras necesidades, la dificultad para negociar una mejora de las condiciones de trabajo seguirá existiendo.

Por otro lado, la veterinaria es una profesión de cuidado (animales, tutores, compañeros), incluso muchas veces más allá de lo que se aprecia a simple vista: el clima emocional durante la consulta o la tranquilidad del cliente. Esto nos hace mejores clínicos, pero por supuesto, también puede tener un coste. Cuando cuidar se convierte en signo de identidad es muy difícil poner límites que nos protejan. Decir “no” nos incomoda y reconocer el cansancio nos cuesta, ante nosotros y ante los demás.

Y no es porque las mujeres “seamos así”, sino porque durante años se nos ha enseñado, dentro y fuera de la profesión, que cuidar implica sostener, incluso cuando eso supone desgaste propio.

Investigación científica internacional

Esto no es solo una sensación, ¿qué dice la ciencia? En los últimos años, la investigación científica ha empezado a mirar con más atención lo que está ocurriendo en la profesión veterinaria.

Sabemos que la feminización es un fenómeno global y que el malestar profesional también lo es. Y sabemos que ambos están ocurriendo al mismo tiempo:

  • Un estudio realizado en Alemania y Austria (Emmett et al., 2019) analizó cómo afrontan el estrés los veterinarios y encontró diferencias según el género. Las mujeres tendían a utilizar con mayor frecuencia estrategias como la rumiación o la resignación, lo que podría aumentar la vulnerabilidad al desgaste emocional.
  • Una revisión posterior (Stetina et al., 2022) nos da una visión más amplia: la feminización coincide con otros factores clave como el rejuvenecimiento del colectivo, la dificultad para conciliar y la persistencia de desigualdades laborales. Es decir, no es un factor aislado, sino parte de un contexto más amplio.
  • Más recientemente, un estudio multinacional (Máté et al., 2025) encontró una mayor prevalencia de trastornos mentales diagnosticados en mujeres veterinarias. Sin embargo, los autores concluyen que no se puede hablar de causalidad directa, ya que el bienestar profesional depende de múltiples variables, como: condiciones laborales, apoyo social o etapa profesional, que interactúan entre sí.
  • Desde el Journal of the American Veterinary Medical Association también se insiste en esta idea: la feminización no explica el burnout, pero obliga a analizarlo desde una perspectiva de género.

Evolución profesional y nuevos modelos de liderazgo

Creo que la conclusión a la lectura de estos estudios podría ser que la feminización no es la causa del problema, pero sí puede influir en cómo se vive.

Muchas elegimos esta profesión por amor a los animales. Ese amor es un arma de doble filo. Es algo precioso y a la vez puede ser peligroso. La vocación te da el sostén y la energía que te empuja a dar lo mejor de ti, pero también puede justificar jornadas interminables, condiciones mejorables y todas las renuncias personales. Cuando el compromiso con el bienestar de los pacientes se mezcla con la dificultad para poner límites, el resultado puede suponer mucho desgaste. Si tenemos en cuenta un entorno mayoritariamente femenino, donde el cuidado forma parte de la identidad, esta dinámica puede intensificarse.

Sin embargo, algo está cambiando. Las veterinarias jóvenes están cuestionando lo que antes se aceptaba sin más. Hablan de límites, de conciliación, de salud mental, de sostenibilidad profesional. Y eso puede incomodar porque rompe con la idea de que ser buen veterinario implica aguantarlo todo. Pero lo que muchos identifican como falta de compromiso con el trabajo, quizá solo sea evolución. Quizá están haciendo algo que durante años no supimos hacer: preguntarse no solo cómo ser buenas veterinarias, sino cómo vivir mejor siéndolo.

Tal vez el debate no sea si la feminización ha empeorado la profesión, sino si seguimos intentando sostener un modelo de trabajo que ya no encaja con quienes lo ejercen.

La veterinaria no está peor porque sea femenina. Está en crisis porque el modelo no ha evolucionado al mismo ritmo que las personas que la ejercen. Y eso abre una oportunidad para rediseñar equipos, repensar los modelos de liderazgo de los equipos y para integrar el bienestar como parte de la calidad del trabajo, porque para cuidar bien debemos cuidarnos.

Aquella niña que caminaba entre perros sueltos y advertencias de mordiscos no pensaba en burnout, ni en feminización, ni en modelos laborales; solo quería ser como aquel veterinario. Hoy lo es y sabe algo que entonces no podía imaginar: que traer vida al mundo con un guante hasta el hombro era solo una parte del trabajo y que sostener la profesión en el tiempo… es otra bien distinta. Y que quizá el verdadero cambio no sea que ya no es cosa de hombres, sino que, por fin, estamos empezando a preguntarnos a qué precio queremos seguir cuidando.

Bibliografía:

  1. Emmett S, Schöner J, Stetina BU. Working in the veterinary profession: coping strategies and health status of veterinarians. Veterinary Record. 2019;185(21):653. https://doi.org/10.1136/vr.105507
  2. Stetina BU, et al. Mental health and well-being of veterinarians: a systematic review. Animals (Basel). 2022;12(22):3199. https://doi.org/10.3390/ani12223199
  3. Máté Á, et al. Mental health status of veterinarians: a multinational cross-sectional study. Frontiers in Veterinary Science. 2025;12:1634139. https://doi.org/10.3389/fvets.2025.1634139
  4. Mellanby RJ. Veterinary wellbeing: exploring the factors affecting mental health in the profession. JAVMA. 2023;261(5):617–623. https://doi.org/10.2460/javma.22.09.0407

Artículos relacionados

EL ECG DEL MES

Participa en el reto cardiológico que te planteamos cada mes.

Encabezado el ECG del mes

Más Popular

Scroll al inicio

¿Quiéres recibir Balto en tu correo?

Logo azul de AF Balto con diseño moderno y limpio
Esta web ofrece contenido técnico. ¿Es usted veterinario/a?
Informativo para veterinarios especializados en animales de compañía