El eje cardiorrenal en pacientes caninos con degeneración mixomatosa valvular mitral

El corazón y el riñón son componentes de un mismo eje fisiopatológico estrechamente interconectado. Esta relación bidireccional contribuye a la progresión de la enfermedad y explica parte de su complejidad clínica y terapéutica.
Ilustración del eje cardiorenal
Imagen creada con IA

Imagen cedida por el autor

Corazón y riñón: una interdependencia fisiológica

Corazón y riñón están funcionalmente interconectados. Por tanto, la disfunción de uno de ellos afecta a la función del otro. El eje cardiorrenal es un sistema fisiológico de regulación mutua. Esta conexión fisiológica entre ambos órganos ocurre a través de diferentes mecanismos, como la presión de perfusión renal, las presiones de llenado cardiaco, las interacciones neurohormonales y el equilibrio hidroelectrolítico.1,3

En la degeneración mixomatosa valvular mitral (DMVM), la coaptación insuficiente de las valvas permite que parte del volumen sistólico regrese a la aurícula izquierda. La regurgitación reduce el volumen sistólico efectivo y, conforme progresa, produce una sobrecarga de volumen, con la consecuente dilatación de las cámaras cardiacas izquierdas y aumento de la presión auricular izquierda.2,4

El riñón no responde exclusivamente al gasto cardiaco total, sino al volumen arterial efectivo que percibe y al gradiente de presión disponible para perfundir su microcirculación, activando así múltiples mecanismos compensatorios.1,5

El organismo activa dos mecanismos principales de compensación:

  • Una respuesta rápida, mediada por el sistema nervioso autónomo simpático (SNS).
  • Una respuesta adaptativa a través del sistema renina-angiotensina-aldosterona (SRAA).2

El SNS responde a esta reducción del volumen sistólico efectivo y a las alteraciones en la presión arterial mediante la activación de barorreceptores y quimiorreceptores, que desencadenan una serie de respuestas fisiológicas (imagen 1):

  • Aumento de la frecuencia cardiaca (cronotropismo) por estimulación adrenérgica de los receptores beta-1 (β1) del nódulo sinusal.
  • Incremento de la contractilidad miocárdica (inotropismo) por activación de los receptores beta-1 (β1) de los cardiomiocitos.
  • Vasoconstricción arterial y venosa por la activación de receptores alfa-1 (α1), lo que contribuye al mantenimiento de la presión arterial y al aumento del retorno venoso.
Imagen 1. Mecanismos responsables del eje cardiorrenal. Las flechas azules indican los mecanismos por los que la enfermedad cardiaca puede llevar a la enfermedad renal, mientras que las flechas verdes indican los mecanismos por los que la enfermedad renal puede llevar a la enfermedad cardiaca. Figura adaptada del artículo de Pouchelon y colaboradores de 2015.
Imagen 1. Mecanismos responsables del eje cardiorrenal. Las flechas azules indican los mecanismos por los que la enfermedad cardiaca puede llevar a la enfermedad renal, mientras que las flechas verdes indican los mecanismos por los que la enfermedad renal puede llevar a la enfermedad cardiaca. Figura adaptada del artículo de Pouchelon y colaboradores de 2015.

A corto plazo, estas respuestas ayudan a mantener la presión arterial, el gasto cardiaco y la perfusión tisular.2 Sin embargo, la respuesta es solo temporal, ya que la respuesta mediada por los receptores beta-1 disminuye con el tiempo y favorece el remodelado cardiovascular.1

Por otra parte, el SRAA responde a la disminución de la presión de perfusión renal, a la disminución de volumen eyectado, al menor aporte de cloruro sódico a la mácula densa y a la estimulación simpática de las células yuxtaglomerulares.2,3 Estos estímulos inducen la liberación de renina y la consecuente activación del SRAA, que desencadena varias respuestas fisiológicas:

  • Vasoconstricción sistémica mediada principalmente por la activación de receptores AT1, que incrementa la resistencia vascular periférica y contribuye al mantenimiento de la presión arterial.
  • Vasoconstricción preferencial de la arteriola eferente glomerular, que permite conservar transitoriamente la presión intraglomerular y la tasa de filtración glomerular.
  • Estimulación de la secreción de aldosterona, que aumenta la reabsorción tubular de sodio y, secundariamente, de agua, favoreciendo la expansión del volumen intravascular.
  • Liberación de vasopresina, que incrementa la retención de agua y contribuye a restaurar la volemia.

Estas respuestas aumentan el volumen circulante, el retorno venoso y la precarga, lo que puede contribuir a mantener el volumen sistólico, el gasto cardiaco y la presión arterial.2 Sin embargo, la activación persistente del SRAA se vuelve maladaptativa: incrementa la poscarga y las presiones de llenado cardiacas, favorece la retención hidrosalina y la congestión, y contribuye al remodelado y a la fibrosis tanto cardiovascular como renal.3

Congestión y perfusión renal

La disfunción renal asociada a insuficiencia cardiaca se atribuyó durante años casi exclusivamente al descenso del gasto cardiaco. Sin embargo, la perfusión renal depende del gradiente entre la presión arterial de entrada y la presión venosa de salida. El aumento de la presión venosa renal e intersticial reduce dicho gradiente, comprime capilares y túbulos y limita la natriuresis, incluso cuando la presión arterial sistémica parece aceptable.5

En una cohorte de 158 perros con DMVM, la prevalencia de enfermedad renal crónica fue mayor que en la población canina general, aumentó en los animales tratados por insuficiencia cardiaca y se observó una correlación directa entre la clase ACVIM y el estadio IRIS.6 Estos datos no permiten atribuir el deterioro renal únicamente al tratamiento, si no que la edad, el estadio de la enfermedad cardiaca, la comorbilidad renal previa y la exposición farmacológica actúan de forma simultánea.

Estrés oxidativo, inflamación y fibrosis

La activación del SRAA, la estimulación simpática, la hipoperfusión relativa y la congestión favorecen la producción de radicales libres de oxígeno, alterando así su balance con el óxido nítrico. En estos pacientes, la producción oxidante supera la capacidad antioxidante, lo que disminuye la biodisponibilidad de óxido nítrico, intensificando así la vasoconstricción y alterando la función endotelial y tubular.1,8 El estrés oxidativo amplifica, además, la activación neurohormonal, la retención de sodio, la apoptosis celular y la deposición de matriz extracelular.

Algunos mediadores inflamatorios participan en el mismo circuito. En perros con insuficiencia cardiaca congestiva se han descrito asociaciones entre TNF-alfa, interleucina 6, malondialdehído, actividad de glutatión peroxidasa y NT-proBNP. Estos hallazgos apoyan que, especialmente en fases avanzadas, el estrés hemodinámico se acompaña de un entorno oxidativo e inflamatorio sistémico que contribuye al remodelado y a la fibrosis de ambos órganos.8

El dilema terapéutico: descongestionar sin hipoperfundir

En el estadio C de la DMVM, los diuréticos de asa son la base del tratamiento del edema pulmonar de origen cardiogénico y su administración no debe retrasarse por el temor aislado a un aumento de creatinina.4 La congestión no tratada mantiene la hipoxemia, las presiones de llenado elevadas y la activación neurohormonal; por tanto, también amenaza la función renal.5

El riesgo aparece cuando la diuresis supera la velocidad de relleno vascular o se combina con hipotensión, deshidratación, anorexia, enfermedad renal previa o bloqueo excesivo del SRAA. En ese contexto, la contracción del volumen intravascular puede reducir la perfusión renal y provocar azotemia prerrenal, alteraciones de sodio, potasio o cloro y una activación neurohormonal adicional. El objetivo no es preservar una creatinina invariable a costa de mantener al paciente congestionado, sino alcanzar euvolemia con la menor dosis diurética eficaz.4,5

En perros tratados con furosemida parenteral por insuficiencia cardiaca congestiva izquierda, el incremento de creatinina fue frecuente, generalmente leve y no se asoció con menor supervivencia.9 En un estudio prospectivo realizado en perros con DMVM e insuficiencia cardiaca congestiva, el 63 % desarrolló un incremento de creatinina compatible con lesión renal aguda; sin embargo, dicho cambio no se acompañó de un aumento de NGAL urinaria ni se relacionó con la dosis diurética.10 Parte del “empeoramiento renal” observado durante una descongestión eficaz puede representar, por tanto, una modificación funcional y reversible de la filtración, no necesariamente daño tubular estructural.

La monitorización debe integrar estado respiratorio y congestivo, presión arterial, peso, hidratación, diuresis, creatinina, urea, sodio, potasio y cloro, entre otros. Un trabajo multicéntrico reciente ha mostrado que una mayor natriuresis tras la furosemida se asocia con una descongestión radiográfica más eficaz y una hospitalización más corta, lo que refuerza el valor de evaluar la respuesta diurética y no solo la dosis administrada.11

A pesar del elevado valor clínico, la creatinina es un marcador que puede resultar tardío y que no se debería interpretar como dato único. Una bioquímica todavía normal no excluye alteraciones tempranas del eje cardiorrenal.5 Algunos estudios han detectado por medio de ecografía con contraste alteraciones en la perfusión cortical renal en perros con DMVM respecto a controles.7 Esta evidencia respalda que la interacción cardiorrenal puede comenzar antes de la azotemia y antes de que exista una pérdida funcional renal evidente.

Conclusión

En la DMVM, corazón y riñón no deben interpretarse como órganos independientes, sino como componentes de un mismo eje fisiopatológico estrechamente interconectado. Las alteraciones del gasto cardiaco, del volumen arterial efectivo y de las presiones de llenado modifican la perfusión y la congestión renal, mientras que la retención hidrosalina, la activación neurohormonal y la propia disfunción renal retroalimentan la sobrecarga cardiovascular. Esta relación bidireccional contribuye a la progresión de la enfermedad y explica parte de la complejidad clínica y terapéutica de estos pacientes.

Sin embargo, muchos de los mecanismos implicados todavía no se encuentran completamente caracterizados. Se considera necesari la realización de nuevos estudios prospectivos que permitan identificar alteraciones precoces, definir nuevos biomarcadores y fenotipos cardiorrenales con valor pronóstico, así como la exploración de posibles estrategias antes de que se establezca un daño orgánico irreversible. Profundizar en el conocimiento del eje cardiorrenal podría abrir nuevas posibilidades diagnósticas y terapéuticas, mejorar la monitorización y favorecer un tratamiento más individualizado en perros con DMVM.

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